¿Os habéis planteado alguna vez que la idea de “la media naranja”, en lugar de motivar buscar pareja a casi cualquier precio, lo que también puede provocar es que tanta importancia, tanto destino, derive en un miedo más o menos inconsciente a enamorarse, a las relaciones, al compromiso? O, más bien, no a las relaciones en sí, aunque eso creamos, sino a perder la libertad y la identidad propias. Que la idea de pareja como suplantadora de la individualidad gane. Al fin y al cabo es lo que se nos vende como el ideal. Y ¡qué bonito! ¿no?

Si en Los extremos del amor hice una presentación muy general  y  empecé a señalar lo que hay debajo de la idea del alma gemela en  La soledad del amor de mi vida, hoy cierro esta trilogía de post introductorios sobre el amor romántico tocando justo el miedo contrario. El miedo a la dependencia, a la pérdida de libertad, a perderse individualmente.

¿No os parece lógico que haya gente que no quiera vivir ese tipo de dolor? ¿Quién querría sufrir tanto? Visto así en realidad lo extraño es que haya tanta gente que quiera arriesgarse. El bombardeo constante de los supuestos beneficios de encontrar la media naranja ha hecho bien su función.

Evitar las relaciones también puede ser una forma de evitar el dolor. Y es mucho más común de lo que pudiera parecer. Porque cuando dentro de las relaciones es visto como algo “natural” y normalizamos ideas como “el amor duele” o “mi pareja me ha dejado, estoy destrozad@” o “tengo que rehacer mi vida” lo que se nos inculca es que es “lógico” sentir un dolor tan grande que es normal que nuestra propia vida parezca no tener sentido o que, al menos, se detenga temporalmente.  Además es frecuente que las parejas compartan  aficiones, grupos de amigos, entorno social que, al separarse, se reduce, se debilita y puede perder su capacidad de apoyo. ¿Quién quiere sufrir? ¿Quién quiere quedarse sol@?¿Quién quiere perder su vida entera?

No me entendáis mal, cuando una situación en la vida cambia, sobre todo algo tan importante como es una pareja, es natural sentir dolor, tener un periodo de adaptación y recolocación de los valores, creencias y el entorno. A lo que me refiero es a la magnificación que eso supone cuando se plantea que la pareja ha de ser el centro de la vida de las personas. Cuando asumimos eso construimos nuestra vida, e incluso nuestra identidad, en torno a ello y si eso termina entonces ¿Dónde queda nuestra vida?¿Dónde quedamos nosotr@s?

Si lo vemos así desde fuera y no lo tuviéramos tan interiorizado, ¿no os parece lógico que haya gente que no quiera vivir ese tipo de dolor? ¿Quién querría sufrir tanto? Visto así en realidad lo extraño es que haya tanta gente que quiera arriesgarse. El bombardeo constante de los supuestos beneficios de encontrar la media naranja ha hecho bien su función.

Así, la evitación de las parejas, de las relaciones (no el decidir conscientemente no tener pareja, esa es una opción tan sana como cualquier otra, sino evitarla, incluso sin darnos cuenta, por lo que estoy describiendo) se produce por el miedo a perder la propia identidad y por miedo al dolor. El mito del amor verdadero lleva de forma implícita que la pareja está por encima de una misma, que es algo mucho más grande y mucho mejor.

Y no es algo de lo que sea sencillo escapar. Una enorme cantidad de canciones, de películas, de libros nos lo señalan como algo positivo, de forma subliminal, a diario. La idea de pareja se inculca a los niños y las niñas casi desde bebés- la típica pregunta ¿tienes ya novia/o?. El imaginario colectivo está lleno. Es un tema muy interesante y demasiado extenso para desarrollarlo ahora mismo, lo dejamos pendiente.

Puede que alguno de estos supuestos sea tu caso, aunque nunca te lo hayas planteado.  Quizá ni siquiera eres consciente. Pensar de forma racional algo y después sabotearnos por nuestros propios miedos es mucho más común de lo que podría parecer en esta sociedad hiperracional. Ejemplos hay muchos: engancharse de personas con las que sabes que no hay ningún futuro (y pasarlo mal por ello), no decidirse a implicarse en algo a pesar de tener ganas, jugar al ahora sí, ahora no, etc. Si es algo elegido, donde nadie lo pasa mal, es una opción tan buena como cualquier otra, pero si supone dolor para quien lo hace o para la otra/s partes probablemente se trate de una evitación inconsciente, de un autosabotaje como forma de protección, aunque una muy mala.

Pensar de forma racional algo y después sabotearnos por nuestros propios miedos es mucho más común de lo que podría parecer en esta sociedad hiperracional. Ejemplos hay muchos: engancharse de personas con las que sabes que no hay ningún futuro (y pasarlo mal por ello), no decidirse a implicarse en algo a pesar de tener ganas, jugar al ahora sí, ahora no, etc.

Además, esta polarización y mal manejo de nuestras emociones tiene un claro componente de género que es un buen indicador de cómo socialmente se nos dice cómo vivir el amor. Las mujeres aún somos las que buscamos el amor, las que queremos enamorarnos, las que deseamos formar una familia con el amor de nuestra vida. Los hombres también se ven involucrados por esta idea pero, a la vez, son a los que se les suele ligar al miedo al compromiso, son ellos lo que son “cazados” por mujeres desesperadas que desean procrear por encima de todo. Buf, qué imágenes tan terriblemente desagradables ¿verdad?

Al margen de estereotipos más o menos exagerados, y reconociendo y agradeciendo que cada vez más personas se salgan de lo descrito en este post y en los dos anteriores,  es importante tener en cuenta que, más allá de nuestros propios miedo, nuestras propias inseguridades y preferencias, la cuestión del amor tal y como la vivimos hoy en día no es algo natural. Es una forma cultural de verlo, de vivirlo, de sentirlo. Y, como tal, es posible cambiar aquello que no nos funciona ni nos hace felices.

En mi caso fue esta idea de limitación de libertad, de miedo a perderme, lo que me hizo interesarme por cómo nos relacionamos, por cómo se puede mejorar, por la existencia de otro tipo de relaciones, quizá menos habituales pero igualmente válidas.

Y habiendo visto mucha diversidad y muchas relaciones felices con muchas configuraciones distintas, ahora tengo la firme creencia de que amor, libertad, autonomía, disfrute son perfectamente compatibles y posibles. Que si una forma de enfocar las relaciones no nos hace felices, por muy habitual que sea, no merece la pena. Que otras relaciones son posibles. Y que seamos libres en ellas, también.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies